La voz del Inquisidor general retumbó haciendo eco en toda la iglesia y en cuestión de minutos, estábamos rodeados por los guardias del santo oficio.
Arranqué mi velo y dejé caer mi ramo al piso, ambos nos pusimos de pie y Maximiliano tomó mi mano.
— Tranquila no voy a permitir que te lastimen.
— Yo no importo amor mío, sálvate tú.
Mi padre se puso de pie y trató de defenderme, pero los guardias no lo escucharon, y él no tenía la fuerza necesaria para luchar, en sus cinco sentidos no hubiera pe