Capítulo 42

La voz del Inquisidor general retumbó haciendo eco en toda la iglesia y en cuestión de minutos, estábamos rodeados por los guardias del santo oficio.

Arranqué mi velo y dejé caer mi ramo al piso, ambos nos pusimos de pie y Maximiliano tomó mi mano.

— Tranquila no voy a permitir que te lastimen.

— Yo no importo amor mío, sálvate tú.

Mi padre se puso de pie y trató de defenderme, pero los guardias no lo escucharon, y él no tenía la fuerza necesaria para luchar, en sus cinco sentidos no hubiera pe
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