Hicimos el amor en un hotel cerca de mi casa, muy elegante, cómodo, discreto y con jacuzzi. Ni siquiera llegamos en la cama. Waldo estaba tan impetuoso y febril que no dejaba de besarme, acariciarme, incluso mordía mi cuello, lamía mis orejas, estrujaba mis nalgas y metía las marices en los canalillos de mi pecho. Yo estaba totalmente obnubilada, extraviada en el limbo, a la entera merced de él, sin poder de reacción ni nada. Me había convertido en una títere de sus ansias y únicamente me deja