Waldo estaba encantado conmigo, seducido por mi figura tan sexy, bien pincelada, llena de magia y también erotismo. Yo me había vuelto una postal de placer y sensualidad, con mis infinitas curvas a su alcance, mis senos inflados como grandes globos aerostáticos y los pelos resbalando por mis hombros igual a cascadas delirantes y fantasiosas. Llevaba además la miradita tan dulce y tierna y la boquita sabrosa, pintada de rojo, que enmarcaba mi risita pícara y traviesa, disfrutando de ese momento