Capítulo 36

Esa tarde me dirigí a la ferretería donde Waldo había comprado los sudarios, en el centro de la ciudad. Después de driblear el intenso tránsito de esa hora y esquivar a cientos de compradores, casi después de una hora de titánica lucha, me atendió una señorita. -¿En qué le podemos ayudar?-, se mostró ella muy solícita. Estaba acostumbrada a enfrentar tanta gente pugnando por comprar tornillos, clavos, martillos, serruchos, tubos, en fin de todo.

-Bolsas de plástico gigantes, el doble tama
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