En efecto, en las imágenes de las cámaras de vigilancia se veía al tal Kolev saliendo de la armería, portando un gran rifle, muy satisfecho igual como si hubiera descubierto el eslabón perdido. -En el internet y las redes sociales afirman que Kolev es un cazador de hombres lobo-, me advirtió Harrison con énfasis.
Tuve que rendirme. -Solo prométeme que no le harás daño a los lobos, es lo que más me interesa, ahora-, le insistí no una sino varias veces. Ella aceptó la condición y quedamos, entonces, en visitar Stone Valley. Harrison se fue brincando por las calles, igual si fuera una adolescente pactando su primera cita romántica.
Cuando le conté todo a Waldo (yo no podía tenerle secretos a él), contra todo pronóstico mío ni se enojó ni se puso de malhumor, al contario sonrió distendido. -Era obvio que la policía iba a tratar de llegar a nosotros-, me dijo tomando un lonche en la cafetería del diario.
-Harrison podría decirle a Trevor de la ubicación de Stone Valley e inte