Rebeca quedó boquiabierta y pasmada cuando llegamos a Stone Valley. Estacioné el carro en la entrada del pueblo.
La teniente Harrison bajó del vehículo desconcertada, anonadada y perpleja mirando absorta las casitas pequeñas, las pistas, las veredas, los autos yendo y viniendo por las calles, las palmeras, los parques, la gente transitando indiferente, las tiendas abiertas, las voces afables llevadas por el viento y el aroma de calma y sosiego en todas las esquinas. -¿Son todos licántropos