¨Todo irá bien, todo saldrá bien, no hay de qué preocuparse. ¨ - me repetía como un mantra.
Claro, como si esas palabras fueran, pronto, la consolidación de un acto.
Los nervios me estaban volviendo loco. Y no eran solo los nervios los que me volvían loco, sino que tenía un pequeño retorcijón en la tripa, que se expandía por mi pecho, como si algo me quitaran desde lo más profundo de mi ser. Dolía. Asfixiaba.
Aún seguía en el despacho, esperando que sea hora de ir a los tribunales. No deja