La noche cayó suave sobre la casita, sin lluvia, solo un silencio espeso que parecía esperar ser roto, un velo de quietud que se extendía como un lazo invisible en la oscuridad. Caleb dormía temprano, agotado del parque con Ligia; su respiración rítmica se filtraba desde la habitación como un bálsamo constante, recordándome por qué seguía respirando.
Encendí la lámpara de mesa —la misma que usaba para pintar hasta el amanecer—, su luz ámbar proyectaba sombras danzantes en las paredes, como si lo