La decisión no era fácil. Sabía que tomar las pastillas significaba arriesgarse, pero también sabía que era la única manera de escapar de la prisión en la que se encontraba. Necesitaba que alguien la viera, que alguien entendiera lo que estaba pasando detrás de esas paredes.
Al día siguiente, mientras Diego estaba en el trabajo, Isabela se sentó en la cocina, el frasco de pastillas frente a ella. Era un momento decisivo, y su corazón latía con fuerza en su pecho. Sabía que debía ser valiente,