El aire fresco de la mañana acariciaba el rostro de Isabela mientras caminaba por el jardín del hospital. Había convencido a la enfermera de que necesitaba un poco de aire para despejarse, y aunque sabía que Diego había dado órdenes estrictas de vigilarla, aprovechó cada segundo de aquella breve libertad. Sus pasos eran lentos, pero su mente trabajaba rápido, buscando una forma de salir de aquel laberinto en el que se encontraba atrapada.
Fue entonces cuando la vio. Entre los arbustos de rosas y