La noche caía sobre la casa, envolviendo cada rincón en una oscuridad opresiva. Isabela se encontraba en su habitación, rodeada de desorden. La ropa estaba esparcida por el suelo, y un olor a comida fría se mezclaba con el aire pesado. Se sentía atrapada en un mundo del que no podía escapar, como si las paredes de la casa se cerraran lentamente a su alrededor.
Diego entró, trayendo consigo una bandeja con comida. Su rostro mostraba una mezcla de arrogancia y desdén, como si estuviera cumpliendo