Me quise levantar de la mesa, pero Deivyd me lo impidió. —¿Qué crees que haces? ¡Estás loco! ¡No tienes ningún derecho de ir y hacerle pasar un mal rato! —Regresé a mi lugar porque mi amigo tenía razón. —¿En serio, Ethan? ¿Qué pensabas hacer? Ir, golpear a su novio y sacarla de aquí —ese era mi plan—. ¿Y luego qué? ¿Te la llevarías de la ciudad y serían felices por siempre… por favor, amigo, ¡despierta! ¡Eres el prometido de su hermana!
Pasé mis manos sobre mi cabeza; odiaba que Deibyd tuviera