LEYLA
Lo que pasó después no fue delicado ni cuidadoso ni ninguna de esas cosas que aparecen en las películas románticas donde la pareja se mira a los ojos durante tres minutos antes de besarse bajo la lluvia. Fue un choque. Un incendio. Fue su boca estrellándose contra la mía con la fuerza de todo lo que llevábamos semanas conteniendo, y mis manos agarrando su camisa y tirando de ella hacia arriba porque de repente cada capa de tela entre nosotros era un insulto personal.
Le arranqué la camisa