LEYLA
El vino italiano sabía diferente cuando lo bebías en un balcón a las siete de la mañana con Roma desperezándose debajo de tus pies.
Estaba recargada en la barandilla, con la copa en la mano y la camisa de Noha puesta como único abrigo. Me quedaba enorme, me llegaba a medio muslo y olía a él de una manera que me hacía querer envolverme en esa tela y no salir nunca.
Era hermoso. Todo era hermoso. Y yo estaba ahí, con un nudo en el estómago que no se disolvía ni con el mejor tinto de la Tos