49. El Dilema de la Manada
Daniel, sin perder un segundo, la tomó del hombro y la abrazó con una intensidad que reflejaba la magnitud de su emoción y la alegría de verla a salvo. Los dos jóvenes, la humana y el lobo, se encontraron en un abrazo que irradiaba amor y alivio tras la incertidumbre que habían enfrentado.
Anton, al ver la conmovedora reacción de ambos, reconoció que ese era un momento íntimo y significativo. Como un testigo silencioso, decidió darles su espacio y privacidad.
—No se tarden... Los esperaré afuer