Con una velocidad sobrenatural, el asesino se lanzó. No corrió, sino que se deslizó, su cuerpo se movía con una gracia mortífera, sus pies apenas tocaban el suelo. Llevaba una hoja curva, de obsidiana, que brillaba con una luz extraña.
—¡Corran! —rugió Sobek, interponiéndose entre Menna y el asesino. Desenvainó su cuchillo, su rostro curtido por la batalla era una máscara de determinación.
Sobek se enfrentó al asesino. El barquero era fuerte, experimentado en la lucha, pero el asesino era más r