Al amanecer, la noticia se propagó como un incendio salvaje por toda Giza. El carcelero Rhako, acusado de traición y complicidad en el intento de fuga de Menna, había sido ejecutado al alba. La orden, firmada por el propio Visir, era un mensaje claro para cualquiera que osara desafiar su autoridad.
Seti, el capitán de la guardia de la prisión, supervisó la ejecución con una sonrisa fría. La traición no tenía cabida en el nuevo orden del Visir. El cuerpo de Rhako fue dejado a la vista, un ejempl