La bodega subterránea era un mundo aparte. El aire, fresco y cargado con el aroma embriagador de roble y vino añejo, envolvía a Valeria como un manto. La penumbra, rota solo por tenues luces que acariciaban las barricas alineadas como soldados silenciosos, creaba una intimidad que hacía latir su corazón con fuerza. A su lado, Elías caminaba con una familiaridad que delataba años de recorrer esos pasillos, su presencia era tan tangible como la madera que los rodeaba.
Ella, extrañamente, se sentí