Pero no te confíes demasiado, Catalina.
Punto de vista de Catalina
Intentaba pasar desapercibida, apoyada contra la pared, jugueteando con la correa de mi bolso. El salón de baile bullía de conversaciones, risas y el tintinear de las copas.
Pero se sentía como si yo fuera la única que no lo estaba pasando bien.
Y entonces, por el rabillo del ojo, la vi.
Vera.
Me puse rígida al instante. La última persona a la que quería ver hoy.
Intenté apartar la mirada, pero ella ya me había visto.
Claro que sí.
Vera siempre tenía la habilidad de encontrar a la gente justo cuando menos quería ser encontrada.
Antes siquiera de que pudiera pensar en escabullirme, ya caminaba directamente hacia mí, sus tacones repiqueteando contra el suelo de mármol.
Tenía esa expresión engreída en el rostro, la que me hacía sentir que ya sabía exactamente qué iba a decir… y cuánto iba a doler.
—Vaya, mírate —dijo Vera, recorriéndome de arriba abajo con la mirada—. Intentando verte elegante, ya veo.
Me quedé en silencio, sin fiarme de mi propia voz. No querí