Líneas que no se Deben Cruzar.
Valentina llevaba exactamente once minutos sentada en su escritorio cuando sintió, sin razón aparente, que el aire a su alrededor había cambiado.
No era una intuición mística ni una exageración romántica: era una certeza física, casi incómoda, como cuando el cuerpo reacciona antes de que la mente tenga tiempo de formular una explicación.
Alzó la vista del monitor. La oficina seguía siendo la misma: el murmullo lejano de teclados, el zumbido constante del aire acondicionado, el reflejo de los ventanales devolviendo una ciudad indiferente.
Nada parecía distinto, y sin embargo, algo lo era.
Alexander había vuelto.
Ella no lo había visto aún, pero lo sabía.
Lo supo de la misma forma en que supo, meses atrás, que pensar en él había dejado de ser un accidente.
Valentina era consciente de sus propios límites, siempre lo había sido. Creció aprendiendo a medir, a calcular consecuencias, a elegir caminos seguros, por eso estaba con Lucca.
Por eso su vida era ordenada, funcional, correcta, por e