Con piernas temblorosas y la boca seca salgo del auto repitiendo dentro de mi cabeza, como si fuera un mantra, sus últimas palabras.
“Tarde o temprano serás mía”
―¿Qué es lo que se está creyendo? ―converso conmigo misma, mientras doy pisadas fuertes sobre la acera―. No soy una cualquiera ―niego con la cabeza―. Quizás esté acostumbrado a que todas las mujeres se rindan a sus pies y le ofrezcan todo en bandeja de plata, pero yo no soy una de ellas ―comento con enfado―. Podrá tener mucho dinero y