Unas caricias me despertaron, una mano peinaba mi cabello, al abrir mis ojos Hadassa seguía dormida, mientras que su madre con esos hermosos ojos negros brillaba más que nunca.
—Llegaste. —dijo en un susurro—. La parí, me dio el yeyo, me rajaron el vientre, tengo las tetas a reventar, no me ha dejado dormir y mi hija se parece a ti como si la hubieras negado. No tiene nada mío, eso es bastante injusto.
Ahogué la carcajada, me incliné y la besé con tanto desespero, por cuarenta días no la podré