Mi Monito llegó en la mañana con mis tesoros y los abracé por un buen rato. Los llené de besos.
—Lo bueno de estar con el estómago podrido es que ustedes ahora pasarán como garrapatica.
—¡Mamiiiii! —Le sonreí al llamado de atención de mi hija—. ¡No juegues con eso!
—Mi amor.
Dylan me miraba y sonreía, no hemos hablado desde su llegada. En estos tres días que pasaron por fuera la familia no me dejó sola. La señora María y mi abuela se vinieron a vivir a la casa, ya se veían achacaditas por la ed