Narra: Amelia
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Treinta y cuatro segundos. El resplandor azul de las pantallas de borrado masivo proyectaba líneas gélidas sobre el hormigón del búnker, una cuenta regresiva que amenazaba con amputar mi linaje del sistema británico para siempre. En el centro del sótano de Edimburgo, la fijeza asesina de Alexander dictaba una tregua armada que cortaba el oxígeno de la sala. Su silueta masiva, vestida con la camisa negra desordenada y el chaleco sastre color carbón, bloqueaba el pasillo c