El Heredero de Cristal

Narra: Alexander

Nunca me gustaron las tormentas.

La mayoría de la gente las asociaba con mantas calientes, chocolate y tardes de descanso. Yo las asociaba con discusiones.

Cada vez que la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Jones, mis padres se veían obligados a permanecer bajo el mismo techo durante demasiadas horas seguidas. Y cuando eso ocurría, tarde o temprano terminaban destruyéndose mutuamente.

Aquella noche no fue diferente.

El sonido lejano de sus voces atravesaba las paredes del ala este mientras observaba la lluvia deslizarse por el cristal de mi habitación.

No distinguía las palabras.

No hacía falta.

Después de diez años viviendo con ellos, podía reconocer perfectamente cada etapa de una pelea.

Primero llegaban los reproches.

Después los silencios.

Y finalmente la indiferencia.

La peor de todas.

Mi padre siempre ganaba porque era incapaz de sentir.

Mi madre siempre perdía porque fingía que no sentía nada.

Y yo...

Yo simplemente existía en medio de aquella guerra.

Me aparté de la ventana y me dejé caer sobre el sofá.

La habitación era enorme.

Demasiado enorme.

Todo en aquella casa era excesivo.

Las alfombras persas.

Los techos altos.

Los cuadros de antepasados muertos observándote desde las paredes.

La riqueza.

La soledad.

Especialmente la soledad.

La primera vez que entendí que mi familia no era normal tenía seis años.

Recuerdo perfectamente aquella cena.

Mi madre estaba sentada en un extremo de la mesa.

Mi padre en el otro.

Y yo en medio.

Tan lejos de ambos que parecía estar cenando con desconocidos.

—Alexander, los Jones no arrastran los cubiertos —dijo mi madre sin levantar la vista de su plato.

Solté el tenedor inmediatamente.

—Lo siento.

—Las disculpas son inútiles cuando el error ya ocurrió —intervino mi padre mientras revisaba unos documentos—. Lo importante es no repetirlo.

Ni siquiera me estaba mirando.

Nunca me miraba.

Tomé aire.

Había practicado aquella pregunta durante toda la tarde.

—¿Vendrán mañana a mi recital de piano?

Mi madre bebió un sorbo de vino.

Mi padre pasó una página.

Silencio.

Siempre silencio.

—Tengo una reunión —respondió finalmente mi padre.

—Yo asistiré —dijo mi madre—. La academia espera mi presencia.

No porque quisiera escucharme tocar.

No porque estuviera orgullosa.

Porque debía asistir.

Porque representaba a los Jones.

Aquella noche entendí algo.

Nunca sería un hijo.

Sería un proyecto.

Una inversión.

Un heredero.

Nada más.

Los años siguientes fueron exactamente iguales.

Tutores.

Clases de protocolo.

Idiomas.

Piano.

Economía.

Equitación.

Negocios.

Cada minuto de mi vida estaba programado.

Mientras otros niños corrían detrás de un balón, yo aprendía cómo estrechar correctamente la mano de un ministro.

Mientras otros niños tenían amigos, yo estudiaba balances financieros.

Mientras otros niños recibían abrazos...

Yo recibía correcciones.

Por eso la llegada de Amelia fue tan extraña.

Porque ella era todo lo contrario a mí.

La escuché antes de verla.

Una tarde, mientras pasaba frente al salón de té, escuché a mi madre discutir con mi padre.

—No me gusta esa niña.

—Tiene ocho años, Rebeca.

—Precisamente. Los niños observan demasiado.

Hubo un silencio.

—Su padre necesita este trabajo.

—Y nosotros necesitamos discreción.

Aquella última palabra captó mi atención.

Discreción.

Mi madre solo utilizaba ese tono cuando hablaba de secretos.

Al día siguiente llegaron.

Yo los observé desde la escalera principal.

El nuevo chófer parecía nervioso.

La niña no.

Eso fue lo primero que noté.

Mientras su padre observaba el suelo de mármol como si temiera ensuciarlo, ella examinaba la mansión con curiosidad.

Miraba los cuadros.

Las lámparas.

Las escaleras.

Los pasillos.

Como si estuviera buscando algo.

Entonces levantó la cabeza.

Y me vio.

Esperé que apartara la mirada.

No lo hizo.

Me sostuvo la mirada durante varios segundos.

Sin miedo.

Sin admiración.

Sin respeto.

Como si yo fuera una persona normal.

Aquello me irritó de inmediato.

Porque nadie me miraba así.

Los empleados me temían.

Los profesores intentaban impresionarme.

Los hijos de nuestros socios buscaban mi aprobación.

Pero Amelia...

Ella simplemente me veía.

Y por alguna razón eso resultaba insoportable.

Los meses pasaron.

Y empecé a fijarme demasiado en ella.

La encontraba en todas partes.

En los jardines.

En la cocina.

En los establos.

Leyendo libros demasiado avanzados para su edad.

Haciendo preguntas.

Observando.

Siempre observando.

Mi madre también empezó a notarlo.

A veces la veía seguir a Amelia con la mirada.

Como si intentara recordar algo.

O reconocer algo.

Aquello me intrigaba.

Pero también me molestaba.

Porque Amelia parecía feliz.

Y nadie debería ser feliz en aquella casa.

No más que yo.

Especialmente no más que yo.

Una tarde la encontré junto al estanque.

Estaba construyendo un pequeño castillo con piedras.

Parecía completamente absorta.

Concentrada.

Feliz.

Sentí una punzada desagradable en el pecho.

Celos.

Aunque entonces no sabía reconocerlos.

Me acerqué.

Ella levantó la vista.

—Hola.

No respondí.

Miré el castillo.

Luego levanté el pie.

Y lo destruí.

Las piedras rodaron por la hierba mojada.

El silencio cayó entre nosotros.

Esperé lágrimas.

Rabia.

Algo.

Cualquier cosa.

Pero Amelia simplemente observó los restos.

Después me miró.

—¿Ya terminaste?

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—¿Ya terminaste de sentirte importante?

La pregunta me golpeó más fuerte de lo que debería.

—Todo esto pertenece a mi familia.

—A tus padres.

Aquella respuesta me dejó inmóvil.

—No es lo mismo.

—Sí lo es.

Se puso de pie.

Era mucho más baja que yo.

Pero no retrocedió.

—Tú no construiste esta casa.

No construiste los jardines.

No construiste nada.

Simplemente naciste aquí.

Por primera vez en mi vida alguien me habló sin miedo.

Y odié cada segundo.

Porque tenía razón.

Me di la vuelta y me marché.

Pero sus palabras me siguieron durante días.

Tal vez semanas.

Aquella noche bajé a la biblioteca.

No podía dormir.

La tormenta seguía rugiendo afuera.

Entonces lo vi.

Mi padre estaba sentado frente a la chimenea.

Solo.

Sostenía un sobre viejo entre las manos.

Parecía preocupado.

Triste.

Culpable.

Expresiones que jamás le había visto.

Di un paso.

La madera crujió.

Mi padre levantó la vista.

Y escondió el sobre inmediatamente.

Pero ya era tarde.

Había visto una palabra.

Una sola palabra.

Nottingham.

Sentí un escalofrío.

Ese era el lugar del que venían Amelia y su padre.

—¿Qué es eso?

Mi padre cerró el cajón con llave.

—Nada que te concierna.

—Parecía importante.

—Ve a dormir, Alexander.

Su voz sonó cortante.

Definitiva.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque acababa de cometer un error.

Me había dado una razón para investigar.

Y cuando algo despertaba mi curiosidad...

Nunca lo soltaba.

Subí a mi habitación pasada la medianoche.

Sin embargo, antes de cerrar las cortinas, miré hacia las casas de servicio.

Una única ventana permanecía iluminada.

La habitación de Amelia.

La vi moverse detrás del cristal.

Durante unos segundos permanecí observándola.

Pensando en Nottingham.

En el sobre.

En la extraña actitud de mi padre.

En las sospechas de mi madre.

En aquella niña que parecía haber llegado para alterar el equilibrio perfecto de nuestra vida.

Entonces ocurrió algo extraño.

Amelia levantó la cabeza.

Y miró directamente hacia mi ventana.

Nuestros ojos se encontraron otra vez.

La distancia entre nosotros era enorme.

Pero sentí la misma sensación que el primer día.

Como si estuviéramos unidos por algo invisible.

Algo que ninguno de los dos entendía todavía.

Permanecimos inmóviles.

Observándonos.

Hasta que ella desapareció detrás de la cortina.

Y yo me quedé allí.

Solo.

Con una certeza que me revolvió el estómago.

Amelia Thomas no había llegado a la mansión Jones por casualidad.

Y tarde o temprano descubriría por qué.

Aunque para hacerlo tuviera que destruir todos los secretos que mi familia llevaba años enterrando.

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