Mundo de ficçãoIniciar sessãoNarra: Alexander
Regresé a la mansión bajo la lluvia sintiendo que algo dentro de mí acababa de romperse.
Dejar a Amelia sola en el jardín con aquel ángel de plata había sido satisfactorio durante exactamente diez segundos.
Después llegó otra cosa.
Algo peor.
Porque por primera vez no podía dejar de pensar en ella.
Subí directamente a mi habitación, ignorando al servicio, ignorando las voces lejanas que provenían del ala principal y cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
El golpe resonó en toda la estancia.
Me apoyé contra la madera.
Respiré.
Una vez.
Dos.
Tres.
Inútil.
La imagen de Amelia seguía allí.
Empapada por la lluvia.
Con el ángel en la mano.
Mirándome como si acabara de arrancarle una parte del alma.
—Maldita sea... —murmuré.
Atravesé la habitación y abrí el cajón oculto de mi escritorio.
Dentro estaba el expediente.
El expediente que había robado del despacho de mi padre.
Durante años había creído que Arthur Jones era incapaz de sentir afecto por nadie.
Ni siquiera por mí.
Sin embargo aquellos documentos contaban otra historia.
Facturas escolares.
Recibos bancarios.
Cartas.
Pagos.
Transferencias.
Todo relacionado con una sola persona.
Amelia.
Pasé las hojas una vez más.
Mi mandíbula se tensó.
¿Por qué?
¿Por qué una simple hija de empleados recibía tanta atención?
¿Por qué mi padre llevaba años pagando cosas que nadie conocía?
¿Por qué ocultarlo?
Había algo que no encajaba.
Y cuanto más lo pensaba, más insoportable se volvía.
A la mañana siguiente bajé al comedor decidido a obtener respuestas.
Mi madre ya estaba sentada frente al periódico.
Perfecta.
Impecable.
Fría.
Como siempre.
—Llegas tarde —comentó sin levantar la vista.
—Buenos días para ti también.
—Los buenos días se reservan para la gente puntual.
Tomé asiento.
Mi padre apareció segundos después.
Traje oscuro.
Reloj de oro.
Expresión vacía.
El mismo hombre de siempre.
Pero ahora yo conocía parte de sus secretos.
Y eso cambiaba todo.
—Esta tarde habrá inventario en la bodega —informó mi madre—. Isabelita estará ocupada con la gala.
Asentí distraídamente.
—La niña ayudará.
Mi atención regresó de inmediato.
—¿Amelia?
—¿Hay alguna otra niña viviendo en esta propiedad?
No respondí.
Pero una idea comenzó a tomar forma.
Lenta.
Oscura.
Inevitable.
La bodega era uno de los pocos lugares de la mansión capaces de resultar inquietantes.
Paredes de piedra.
Pasillos estrechos.
Sombras.
Silencio.
El sitio perfecto para las verdades incómodas.
Cuando llegué, Amelia ya estaba allí.
Subida a una pequeña escalera.
Anotando números en una libreta.
No me oyó acercarme.
O tal vez fingió no hacerlo.
—Trabajas demasiado para alguien que no pertenece a esta casa.
Su cuerpo se tensó.
Se giró lentamente.
Sus ojos chocaron con los míos.
Y durante un instante ninguno habló.
El ángel de plata colgaba de su cuello.
Lo había conservado.
Eso me irritó más de lo que debería.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó.
—¿La verdad?
—Dudo mucho que la conozcas.
Sonreí.
Una sonrisa amarga.
—Mi padre lleva años pagando por ti.
El color abandonó ligeramente su rostro.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Di un paso adelante.
Ella no retrocedió.
Eso también me irritó.
—Tu escuela.
Tus libros.
Tu educación.
Todo pagado por Arthur Jones.
¿Por qué?
Amelia apretó la mandíbula.
—Pregúntaselo a él.
—Lo haría si alguna vez respondiera algo.
Silencio.
La tensión entre nosotros se volvió insoportable.
—Tal vez siente lástima.
—Mi padre no siente lástima por nadie.
Aquella frase salió más dura de lo esperado.
Porque era verdad.
Porque yo lo sabía mejor que nadie.
Amelia me observó durante varios segundos.
Y entonces dijo algo que no esperaba.
—Debes odiarlo mucho.
La frase me golpeó como un puñetazo.
—No digas tonterías.
—No son tonterías.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Llevas años intentando convencer al mundo de que no te importa nada. Pero las personas felices no se comportan como tú.
Mis manos se cerraron en puños.
—No sabes nada de mí.
—Y tú no sabes nada de mí.
La respuesta quedó suspendida entre nosotros.
Incómoda.
Peligrosa.
Demasiado honesta.
Por primera vez no parecíamos enemigos.
Parecíamos dos personas heridas.
Y eso resultaba mucho más aterrador.
Di un paso atrás.
Necesitaba distancia.
Necesitaba recordar quién era.
Necesitaba recordar quién era ella.
Entonces la libreta resbaló de sus manos.
Las hojas se dispersaron por el suelo.
Amelia se agachó para recogerlas.
Yo también.
Nuestras manos chocaron sobre una de las páginas.
Y por un segundo ridículamente largo nos quedamos inmóviles.
Su piel estaba fría.
La mía también.
Ninguno retiró la mano primero.
Hasta que un ruido nos interrumpió.
Pasos.
Alguien venía.
Amelia se levantó de inmediato.
Yo también.
Y entonces lo vi.
Entre las cajas de vino.
Semiescondida detrás de una estantería.
Había una fotografía antigua.
Amarillenta.
Doblada por el tiempo.
La recogí.
Mi corazón se detuvo.
Era mi padre.
Mucho más joven.
Sonriendo.
Sonriendo de verdad.
A su lado estaba una mujer de cabello oscuro.
Una mujer que reconocí al instante.
La madre de Amelia.
Elena.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Le di la vuelta a la fotografía.
Había una frase escrita a mano.
Con tinta ya casi borrada.
"Lo que ocurrió en Nottingham jamás debe salir a la luz."
—Alexander...
La voz de Amelia sonó lejana.
Distorsionada.
No podía apartar la vista de la fotografía.
Porque en toda mi vida jamás había visto a mi padre sonreír de esa manera.
Jamás.
Y de pronto comprendí algo.
No sabía quién era Amelia.
No sabía quién había sido Elena.
Y quizá tampoco sabía quién era realmente Arthur Jones.
Los pasos se acercaron.
Cada vez más.
Amelia me observó.
Yo observé la fotografía.
Y por primera vez sentí miedo.
No de ella.
No de mi madre.
No del escándalo.
Miedo de la verdad.
Porque empezaba a sospechar que el secreto de Nottingham era mucho más grande de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.
Y estaba a punto de alcanzarnos.







