John no respondió. Se limitó a mirar al mar, con la vista fija en el horizonte, porque él mismo se hacía esa pregunta.
Pero el silencio valía más que mil palabras.
Daniel y Marcus intercambiaron miradas. Ambos lo sabían: John amaba a Elizabeth, pero era demasiado orgulloso para admitirlo.
—Se está haciendo tarde… —observó Daniel, mirando el cielo oscuro—. Será mejor que nos quedemos aquí y busquemos un hotel.
—Estoy de acuerdo —asintió Marcus, pasándose una mano por la cara.
John permaneció en