Solo quedaban dos meses para que terminara el contrato.
Cada día, las palabras de John resonaban en la mente de Elizabeth como una sentencia:
«Dentro de tres años, quiero que te vayas de esta casa».
Sabía que tenía que tomar una decisión. No podía soportar la humillación de ser expulsada, y mucho menos el desprecio en los ojos de John.
Después de misa esa mañana, no regresó inmediatamente a casa. Se quedó en la iglesia un buen rato, rezando.
Sabía, con fe silenciosa, que de alguna manera sus sú