Esa noche, como de costumbre, Elizabeth esperaba ver el coche de John subir por la alameda. Aunque fuera solo para recibir un seco “buenas noches” o vê-lo darle la espalda, era uno de los pocos momentos en que conseguía verlo, y aún deseaba encontrarse con él, aunque fuera por un instante.
— Buenas noches, John — dijo con cortesía, sin esbozar una sonrisa.
— ¿De qué hablaste con mi abuelo? — preguntó él, con la habitual aspereza con la que sempre lhe dirigía la palabra.
— Hablamos de varios temas… jugamos… — Elizabeth aún no se había acostumbrado a la rudeza del esposo.
— Sobre hijos. ¿Qué dijiste sobre hijos? — la interrumpió, la voz cargada de tensión.
— Bueno… él comentó… comentó que le gustaría mucho tener un bisnieto — balbuceó ella, vacilante.
— ¿Y tú alimentaste esa esperanza? — acusó, acercándose con hostilidad.
Elizabeth retrocedió un poco, los ojos muy abiertos, sorprendida.
— No… solo dije que aún no habíamos hablado de eso.
— Me llamó exigiéndome un hijo — los ojos de John