En cuanto quedaron a solas, Oliver se volvió hacia la joven a su lado con una sonrisa amable.
—Dime, querida, ¿cómo va el matrimonio?
—Estamos bien. John está muy ocupado, pero aprovechamos los momentos cuando estamos juntos —Elizabeth no mentía. Por eso desvió la mirada, incómoda.
—Entiendo… —murmuró el anciano, cuyos ojos experimentados observaban atentamente cada matiz de su expresión.
Sobre la mesa había un precioso tablero de ajedrez. Las piezas, talladas a mano, brillaban bajo la luz suave. Elizabeth recordó el regalo que John había hecho a su abuelo.
—¿Es el tablero que John le dio? —preguntó, admirando las piezas.
—Sí. Es una obra hermosa. ¿Quieres jugar?
—Claro.
Jugaron durante cerca de una hora. Elizabeth demostró ser una estratega nata, dificultando la victoria de Oliver.
—Jaque mate —dijo él, al fin, con una sonrisa satisfecha—. Juegas muy bien. No me lo has puesto nada fácil.
—Fue una partida difícil.
—Falta casi una hora para el té. Todavía no conoces bien la mansión. ¿Qu