Elizabeth
Al abrir la puerta y volver a la sala, encontró a John sentado en uno de los sillones, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
Elizabeth se detuvo sin decir nada.
John levantó los ojos lentamente y la miró brevemente. Su mirada ya no expresaba ira, pero tampoco ternura.
—Vamos—dijo John, dirigiéndose hacia la puerta.
—¡John!—lo llamó con valentía.
Él se detuvo, pero no se volvió.
—¿Qué he hecho?—preguntó ella, con voz vacilante, pero f