Elizabeth
Al abrir la puerta y volver a la sala, encontró a John sentado en uno de los sillones, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
Elizabeth se detuvo sin decir nada.
John levantó los ojos lentamente y la miró brevemente. Su mirada ya no expresaba ira, pero tampoco ternura.
—Vamos—dijo John, dirigiéndose hacia la puerta.
—¡John!—lo llamó con valentía.
Él se detuvo, pero no se volvió.
—¿Qué he hecho?—preguntó ella, con voz vacilante, pero firme. Quería entenderlo. Tenía derecho a ello.
Él miró al suelo por un instante. —No lo sé... Y quizá ese sea el problema.
Ella no se movió.
—¿Todavía quieres que vaya...?
—Es el cumpleaños de mi abuelo. Quiere verte. —Su voz era áspera de nuevo, aunque no la miraba a los ojos para que no lo delataran.
Elizabeth respiró hondo, sin otra opción, y siguió a su marido con resignación.
Al acercarse al coche, el conductor los esperaba con la puerta abierta para que Elizabeth entrara, él se adelantó y