Carlson no perdió tiempo. Tan pronto como salió de la oficina de John, se dirigió a su centro de inteligencia, una discreta sala en el edificio del Grupo Walker, a la que pocas personas tenían acceso.
En la pantalla de su ordenador, los datos de Lily seguían parpadeando: documentos frágiles, dirección inexistente, historial profesional falsificado. Un rastro bien construido.
“Me estoy haciendo viejo”, dijo con amargura al darse cuenta de que no había profundizado en las investigaciones.
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