Elizabeth
Los días pasaban y una nueva rutina comenzaba a establecerse en la mansión.
Como John le había explicado, dos veces por semana un equipo de mantenimiento venía a la casa. En realidad, se trataba de un verdadero batallón de profesionales que tomaba cada habitación con eficiencia casi militar. Divididos en grupos de dos o tres, se dispersaban por la residencia, incluso con escaladores para alcanzar los inmensos paneles de vidrio que componían la fachada.
Trabajaban con rapidez y discreción, solo la supervisora intercambiaba algunas palabras con Elizabeth, manteniendo al resto del equipo en silencio y concentrado.
En unas dos horas, la mansión estaba impecable. Tan rápida como la llegada fue la partida: en pocos instantes, el silencio volvió a reinar.
El resto de los días, el cuidado de la casa recaía sobre Elizabeth. Ella se ocupaba de la habitación de John y de las comidas con cariño y amor.
Elizabeth se despertaba antes del amanecer, cuando la mansión aún estaba sumida en la