El bautizo se celebró un domingo por la mañana, en la pequeña capilla que John había construido en los jardines de la casa. Para la pareja, ese lugar era especial: era donde, todas las noches, daban gracias por la vida de su hijo y pedían protección para su familia.
Elizabeth estaba radiante con su vestido azul claro de encaje, con el bebé en brazos, envuelto en un delicado mantón blanco bordado a mano. John, elegante con un traje gris claro, no disimulaba su orgullo al mirarlos a los dos.
La ceremonia fue oficiada por el padre amigo de la familia, que hablaba con calma, transmitiendo serenidad. El pequeño no lloró en ningún momento; al contrario, observaba con curiosidad, como si entendiera lo que estaba pasando.
En el altar, Adam y Sara, elegidos como padrinos, no ocultaban su emoción.
—Este es un niño bendecido—, dijo el sacerdote después de la ceremonia. —Que crezca rodeado de amor y fe.
La fiesta en el jardín, justo después del bautizo, reunió a familiares y amigos cercanos. Mesa