Los minutos se hicieron eternos. John no se separó de Elizabeth en ningún momento, le cogió la mano, le secó el sudor de la frente y le susurró palabras de ánimo.
—Eres fuerte, Lizzie. Todo va a salir bien.
Elizabeth, entre contracciones, aún encontró fuerzas para sonreír.
—Estás más nervioso que yo...
— Estoy aterrorizado —confesó él, con voz baja y los ojos llorosos, pareciendo sentir más dolor que Elizabeth.
— Vamos, Elizabeth, solo un poco más. ¡Ya casi está! —la animó el médico, atento.
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