Los minutos se hicieron eternos. John no se separó de Elizabeth en ningún momento, le cogió la mano, le secó el sudor de la frente y le susurró palabras de ánimo.
—Eres fuerte, Lizzie. Todo va a salir bien.
Elizabeth, entre contracciones, aún encontró fuerzas para sonreír.
—Estás más nervioso que yo...
— Estoy aterrorizado —confesó él, con voz baja y los ojos llorosos, pareciendo sentir más dolor que Elizabeth.
— Vamos, Elizabeth, solo un poco más. ¡Ya casi está! —la animó el médico, atento.
— ¡Fuerza, Lizzie! ¡Tú puedes! ¡Una vez más! —le pidió Sara, que la había acompañado durante todo el embarazo, apretándole suavemente el hombro.
En un último suspiro de resistencia, Elizabeth reunió las fuerzas que le quedaban. Un grito rasgó su garganta y se dejó caer casi desmayada por el dolor, seguido de un silencio tenso... que, al instante siguiente, fue llenado por el sonido más esperado y más dulce del mundo: el llanto del bebé.
Las lágrimas inundaron sus ojos.
—John... nuestro hijo... —su