El teléfono de Adam sonó y él contestó inmediatamente al ver quién era.
—¿Ha pasado algo? —preguntó, ya en estado de alerta.
—Señor, está aquí —respondió la voz al otro lado de la línea.
—Entendido. Voy para allá. Manténgase atento y manténgame informado —dijo, y colgó rápidamente. A continuación, llamó a Sara, que estaba libre.
— La ha encontrado. Voy a pasar a recogerte.
Sin perder tiempo, llamó a Santiago.
— Quiero un equipo ahora mismo. Es urgente.
— Sí, señor.
Adam salió apresuradamente, con el corazón encogido por la aprensión. Temía lo que le pudiera pasar a Elizabeth.
Adam había puesto recientemente a uno de sus guardias de seguridad para vigilar discretamente a Elizabeth. El temor que le corroe la mente es constante: John está suelto, fuera de control y desesperado por encontrarla. La orden era clara y directa: si aparecía, avisar inmediatamente.
Cuando sonó el teléfono, el corazón de Adam se heló. La voz tensa del guardaespaldas confirmó su mayor temor: John la había encontr