John
John nunca fue un hombre religioso. Solo cumplió con los rituales habituales: bautismo, primera comunión, confirmación y, después de eso, solo volvió a la iglesia el día de su boda.
Ahora, sin embargo, estaba sentado en el último banco de una iglesia vacía, con el peso de la soledad y el arrepentimiento aplastándole el pecho. No sabía rezar, pero, en silencio, suplicaba perdón por los errores del pasado y una oportunidad para reconquistar a su esposa. Una oportunidad para, por fin, vivir un matrimonio de verdad.
Fijó la mirada en la cruz iluminada sobre el altar cuando vio una figura femenina cruzando el pasillo central. Alta, vestida de blanco, con un sombrero en las manos. Su corazón se aceleró, amenazando con saltar de su pecho.
Elizabeth.
Caminó con gracia contenida hasta el centro de la iglesia, hizo una reverencia y se sentó en uno de los bancos, antes de arrodillarse en oración. No había nadie más que ellos dos. John cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, dio g