John
John nunca fue un hombre religioso. Solo cumplió con los rituales habituales: bautismo, primera comunión, confirmación y, después de eso, solo volvió a la iglesia el día de su boda.
Ahora, sin embargo, estaba sentado en el último banco de una iglesia vacía, con el peso de la soledad y el arrepentimiento aplastándole el pecho. No sabía rezar, pero, en silencio, suplicaba perdón por los errores del pasado y una oportunidad para reconquistar a su esposa. Una oportunidad para, por fin, vivir u