El cielo estaba nublado aquella mañana de sábado, pero a Elizabeth no le importaba. Aprovechó el clima templado para caminar hasta la feria del pequeño pueblo, donde pretendía comprar algunos ingredientes frescos para elaborar un nuevo plato.
Le gustaba la sencillez de aquel lugar: los puestos coloridos, el aroma de frutas, verduras y especias frescas, y las sonrisas espontáneas de los vendedores. Sentía que, poco a poco, comenzaba a pertenecer a ese nuevo mundo.
Fue entonces cuando, al doblar