El clímax me atravesó de golpe, fuerte, abrumador. Me dejó sin aire.
—¿Ya mejor? —preguntó Esteban, retirando su mano con total disimulo.
—S... sí... —logré decir, apenas.
Lo odiaba, pero Dios... cómo lo odiaba. Aunque no del todo.
—¿Ven? Todo bajo control, sigamos comiendo —dijo él con tranquilidad—. Y Juan, prosigue con la historia.
Y, como si nada, volvió a apretar mi muslo bajo la mesa.
—Esteban... ya, quédate quieto. —susurré, para que nadie escuchara.
Él soltó una risa baja, travie