Abrí los ojos lentamente... y lo primero que noté fue el vacío a mi lado.
Fruncí el ceño, incorporándome de golpe sobre la cama, aún envuelta entre las sábanas.
Giré la cabeza.
Ahí estaba.
De pie, de espaldas a mí, quitándose la ropa con total naturalidad, como si nada.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Buenos días, princesa... —dijo, girándose hacia mí con una sonrisa suave, caminando lentamente en mi dirección.
—Buenos días... —murmuré, bajando la mirada, sintiendo cómo el calor me subía a la