La oficina estaba a oscuras; Antonio Moretti tomaba una taza de café. Esta vez no se encontraba detrás del escritorio, sino de pie, junto a la ventana.
Observaba hacia el horizonte que, hasta el momento, parecía ser que estaba tranquilo; al menos por lo que restaba del día, sabía que así sería. En unas horas toda la tranquilidad del país se terminaría.
El hombre no había dormido nada; odiaba los días así, odiaba los días poco productivos pero largos. Mil veces prefería los días tranquilos, aco