Luciano revisaba algunos mensajes que había enviado de manera anónima, esperaba que, esta noche, por fin recibiera respuesta al mensaje enviado desde hace una semana, pero nada, no había nada.
—¡Moretti! ¡Moretti! ¿Qué malditos planes tienes? ¿Por qué no me envías a mi hija? ¿Será que aún no logras localizar a…? —pensó Luciano en voz alta.
Pocos minutos más esperando y actualizando aquel lugar, nada, no apareció nada. De pronto, el llanto de Olaf lo hizo levantarse y, en el preciso momento en el