Ángela se levantó de la cama sin muchos ánimos; lucía cansada, pálida y ojerosa. Había estado así desde el día en que la adopción de los niños se complicó y, por más intentos que Antonio hizo, nada podía levantarle el ánimo.
El hombre, ya preocupado por el estado de ánimo de su mujer, pensó en varias posibilidades, pero ninguna de ellas había funcionado o había sido viable, por lo que la única cosa que le pareció correcta fue hablar con la verdad.
—¿De qué quieres que hablemos? Tú mismo me dijis