La noche había caído sobre Matanzas cuando Daniela regresó a su nuevo apartamento después de trabajar. Las calles estaban tranquilas, el aire cargado con el olor salado del mar cercano. Al doblar la esquina, vio la figura alta y familiar apoyada contra un auto negro, los brazos cruzados, la mirada fija en ella.
Alexander.
Ella apretó los dientes y continuó caminando, ignorándolo hasta que estuvo a su altura.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin detenerse, buscando las llaves en su bolso.
Ale