El camión de Yuri olía a gasolina y tabaco negro mientras atravesaban las calles secundarias de Moscú, evitando los puestos de control. Alexander observaba por los retrovisores, asegurándose de que nadie los siguiera, mientras la lluvia comenzaba a golpear el parabrisas.
—El Chagall original nunca estuvo en el Pushkin —Yuri gruñó, ajustando el volante con sus manos enormes—. Astrova lo vendió hace tres años a Vadim Kolesnikov, ese vampiro estonio que tiene su guarida en Tallin. Lo que intenta