El silencio de la oficina de Isabella se rompió con el sonido seco de los tacones de Celeste. No pidió permiso para entrar. No lo necesitaba. Sabía que había cruzado una línea hacía tiempo, y ahora venía dispuesta a empujarla hasta romperla por completo.
—Isabella —dijo con una sonrisa falsa—. Qué sorpresa encontrarte tan… sola.
Isabella cerró su laptop con calma. No alzó la voz, no se movió de su silla. Solo alzó la mirada, fija, como un disparo frío.
—Tú y yo sabíamos que este momento llegarí