El sol de mediodía caía sobre el patio de la mansión Greco con una insolencia que me revolvía el estómago. Ajusté el nudo de mi corbata frente al espejo del pasillo, sintiendo que el cuello de la camisa me asfixiaba. No era el calor, ni siquiera era el peso de la Beretta oculta bajo mi chaqueta de gala. Era ella. Era el recuerdo de su piel bajo la mía hace apenas unas horas y la mancha carmesí que yo mismo había hecho desaparecer de sus sábanas.
—Concéntrate, Rizzo —me susurré a mí mismo, recup