La mansión Greco estaba sumida en un silencio tenso tras la tormenta diplomática del almuerzo. El aire aún vibraba con la furia contenida de Apolo y la desconfianza de Matheo, pero para Isabella, el mundo se había vuelto un lugar un poco menos asfixiante. La boda con Lorenzo era ahora un cadáver político, y en su mente, el arquitecto de su libertad era el hombre que montaba guardia tras su puerta.
Cerca de la medianoche, cuando las luces del pasillo se atenuaron, Pablo entró en la suite. No hub