El reloj de pared en la suite de Isabella marcaba las siete de la tarde. El aire fuera de la mansión se había vuelto denso, cargado de una tormenta eléctrica que amenazaba con estallar en cualquier momento, igual que la tensión que habitaba entre aquellas cuatro paredes. La fiebre de Isabella había remitido ligeramente, dejándola en un estado de lucidez febril, una mezcla de agotamiento físico y una rabia sorda que le quemaba las entrañas.
Pablo estaba de pie frente al ventanal, observando cómo