El sol de la mañana comenzaba a herir los ojos de Pablo, filtrándose por las rendijas de las cortinas con una insistencia cruel. La habitación olía a una mezcla de perfume de vainilla residual, alcohol evaporado y la humedad rancia de la ropa que se había secado sobre el cuerpo del agente. Pablo estaba de pie, con la espalda tan recta que parecía una extensión de la pared, cuando el sonido de los pasos pesados y rítmicos de Apolo Greco retumbó en el pasillo.
La puerta se abrió sin previo aviso.